domingo, 12 de abril de 2026

Es Él

Por alguna razón, respecto de la que no quiero reflexionar ahora, las proporciones simétricas nos conmueven como si tuvieran propiedades afectivas esenciales. Lo que escribo a continuación tenía la misma relevancia el año pasado o hace 17 años, pero es quizá la afectividad aritmética la que me trajo a esto hoy.

Recuerdo muy bien que hace 25 años (la mitad de 50 años y la media mitad de 100), parado frente al cristal del área de cuneros del hospital, con un nudo en la garganta mezcla de alegría, alivio, sorpresa y principalmente susto, observé a una personita que escrutaba el ambiente con expresión de curiosidad, mientras con parsimonia liberaba su mano izquierda del ceñido taco que lo envolvía. Me di cuenta entonces de que es-igualito-a-ti es la mentira más pueril y piadosa que se pueda decir a un padre primerizo. La verdad es que en ese momento, aquel hermoso zurdito, se parecía tanto a mí como a cualquiera, pero supe que era Él.

El resto de los bebés lloraban o dormían indiferentes al llanto de los otros, pero Él parecía sorprendido, maravillado y escuchaba; dirgía la mirada hacía el sitio del que provenía los repentinos lloros más fuertes o del que surgía uno nuevo. Como si hiciera falta confirmación, la enfermera lo cargó, lo sostuvo de forma que yo pudiera verlo y pude leer en sus labios «es él». Estuve a punto de responder, con ostensible articulación para que pudiera leer mis labios, «ya lo sabía», pero juzgué que no hacía falta ser soberbio, mi sonrisa de orgullo y de susto ya debía decir bastante.

Recuerdo que el susto se me clavó en la garganta por una duda repentina a la que he aludido en conversaciones: ¿Cómo voy a hacer para no joderle la vida a este niño? Hoy, 25 años después, esa duda no sólo no se ha desvanecido sino que ha modificado su sintaxis con base en una dolorosa pero asumida actualización: ¿Qué tanto le he jodido la vida a ese niño?

El hombre que hoy es, que piensa críticamente, que prefiere el bien común antes que la mezquindad del éxito individual, pero que no está dispuesto a traicionarse por complacer a la masa; que hoy sea un zurdito no sólo de lateralidad sino también de ideología, son atributos que me permiten reconocer a ese bebé del cunero. Y aunque en algo le habré jodido la vida, y aunque el hombre que hoy es está lejos de ser mérito mío, 25 años después, me satisface saber que es mi hijo, que precisamente mi hijo es Él.

domingo, 15 de junio de 2014

Feliz día del Padre

Este día inició con el aniversario de un presentimiento. Desde hace casi un año, el sólo pensar en esta fecha me agolpaba la emoción en el pecho, la garganta, la nariz, los ojos, al grado de causarme una desesperante sensación de asfixia y dejarme, generalmente, con un irritante dolor de cabeza con el que era funcional pero que me convertía en un insufrible ser humano (acaso lo soy aún sin ese dolor de cabeza). La fecha en sí no es importante, sino lo que viví entonces por última vez.

Últimas veces ocurren todo el tiempo en nuestra vida, millares seguramente, pero son algunas cuantas las que imprimen feas cicatrices al espíritu; tal vez parezca un ocioso juego de palabras pero, no es que algo termine lo que hiere, es la maldita consciencia de lo que no volverá a ser.

Luego de varias complicadas semanas de intenso trabajo, pocas horas de sueño, la abrumadora rutina de 5:30 a 1:00 horas (sí, sólo cuatro y media horas de sueño), con algunos entremeses de satisfacción familiar (un querido nombre en el cuadro de honor, otro “10” por todas la divisiones “buenas”, las reuniones familiares, una tensión arterial recuperada y dolores disminuidos), el final de un viaje demorado me arroja al lecho marital en las primeras horas del 15 de junio. Me vence el cansancio. Me duermo sonriente con imágenes proféticas de mis hijos entrando por la puerta de la habitación con regalos, seguidos de su madre quien marca el tempo del festivo abordaje a la cama en que yazgo. En varios momentos intento despertar sin que la voluntad alcance para esfumar el letargo. Uno de eso intentos está teñido de día y no tengo la mínima idea de qué hora pueda ser. Me angustio: mi irresponsable somnolencia puede tener al elenco entumido a los lados del escenario esperando para realizar sus fantásticas evoluciones. Despierto. Silencio. Aún duermo.

Despierto (ahora sí). Ascienden esas amadas voces por la escalera. Nadie me dio el guión pero sé que debo dar muestras de estar despierto, cualquier padre prudente lo sabe, es la señal para la siguiente escena. Abro y cierro cajones, arrastro las chanclas, arranco quejidos a la estructura de la cama... Nada. Las voces siguen subiendo en oleadas, con un tono y un ritmo que sugieren que allá abajo la concentración en los preparativos es tal que no se han percibido las muestras de vigilia. Espero unos minutos. Nada. No quiero arruinar lo que con tanto cariño se ha planeado pero mi vejiga, más sensible a las presiones hidráulicas que a las sentimentales, me levanta entre cómicos estremecimientos y, benevolente, me arroja escaleras abajo para alcanzar el único baño de la casa, en lugar de abatir de mal modo las resistencias uretrales. En la planta baja me reciben con cálidos «¡qué-haces-aquí!», «¡vuelve-a-la-cama!», «¡es-una-sorpresa!», respondo con un compungido «¡nomás-orino-y-me-duermo-otra-vez!».

Vuelta a la cama. Espero. Espero. Tomo la netbook −esta misma, en la que escribo ahora−, la enciendo. Pasos en la escalera...

Entran a la habitación dos bolsitas vistosas preñadas de secretas alegrías, un aroma a café que emana de una taza con la cara de John Lennon y un inmerecido diploma, todo coronado por tremendas sonrisas, de esas que te hacen el día y la vida. «¡Pruébatela!». «¡Foto, foto!». Felicidad. Abrazos. Besos. «Desayunemos fuera». «Me doy un baño y en un ratito estamos de salida».

Abro la llave de la regadera. «Siempre demora un poco en salir el agua». Nada. «¡Ah, el teléfono está abierto!» Cierro el teléfono y el agua cae por la regadera, también cae por mis ojos. La emoción se agolpa. La asfixia. La contundente certeza de que no compraré un obsequio, de que hay un abrazo que no daré, de que no hundiré mis labios en unas blancas barbas para depositar un beso. Así, de pronto, la insoportable consciencia de que para mí, como hijo, los días-del-padre han terminado. Así, de pronto, la maldita consciencia no de lo que para mí termina, sino de que hace un año abracé a mi viejo y eso ya no es, ni será más.

Presentimiento cumplido. Feliz día sin Padre, Isaac.